UN VIAJE CAMBIÓ UN DESTINO.

 

Por María Jesús Tañamares.

 

Aquella noche dormí poco y mal. No me apetecía en absoluto el viaje que me habían propuesto para el día siguiente, como ya había sucedido en otras ocasiones.

 

El destino, esta vez, era a las cuevas del Águila, en la provincia de Ávila. Mis compañeros de viaje eran gente del pueblo, gente Que no tenían ni idea

de mi situación.

 

Vivían su vida aprisa y, sin detenerse a pensar que yo estoy situada en un mundo sin luz y, sonido y, creo que lo más justo es que considerando mi situación

fueran más sensibles ante mis necesidades especiales, Yo soy una persona sordociega, con un mínimo resto auditivo.

 

A las 8 de la mañana nos reunimos en la entrada del pueblo para esperar el autocar.

 

Todos parecían alegres; yo permanecía callada, cogida del brazo de mi madre, que charlaba con una vecina sin fijarse en si yo podía captar o no la conversación.

Algunas personas empezaron a jugar conmigo a las adivinanzas, dándome sus manos o cogiéndome por detrás para que averiguase sus nombres, acto que siempre

he deplorado.

 

Por fin a las 8,30 llegó el autobús. ¡Menos mal! Al subir noté que era un coche viejo y destartalado, con el tapiz de los asientos agujereado por el uso.

 

--¿Es el conductor tan viejo como el coche? pregunté a mamá.

 

--No, es un chico joven y muy guapo - escribió ella en la palma de mi mano.

 

Éste sistema de comunicación se llama dactilológico. Yo lo enseñé a aquéllos familiares y amigos que quisieron aprenderlo, y mamá lo usa en situaciones

en las que no conviene que el tema a tratar trascienda a terceros, o bien, para hablarme en los lugares donde hay ruido y no la entiendo.

 

Mientras los demás cantaban o charlaban, mis pensamientos volaron hacia lugares y tiempos lejanos; vino a mi mente el día en que, por primera vez, me internaron

en el colegio de niñas ciegas de Valencia.

 

Lo regían monjas franciscanas. Nunca me había separado de mi familia, por lo que aquel día fue un mar de lágrimas para todos.

 

Recordaba especialmente a sor María, aquella monja alta, gruesa, a quien todas queríamos mucho. Era la cocinera, y a veces, en un descuido suyo, algunas

de nosotras robábamos inocentemente unas galletas, que después engullíamos a toda prisa en algún escondite. Ella nunca se enfadaba.

 

Aquél colegio dejaría en mí una huella imborrable, que marcaría mi vida para siempre.

 

Hubo una epidemia gripal, y ante el temor al contagio, las monjas nos administraron unos fuertes antibióticos, que secaron mi nervio auditivo paulatina

e irreversiblemente.

 

Ahora, mis pensamientos se encaminaron al colegio de la ONCE en Alicante. Era mixto, allí no había todavía profesionales especializados en el campo de la

sordoceguera, por lo que había de arreglarme con la buena voluntad de algunos profesores y compañeros. Muchas veces, los alumnos de mi clase me gastaban

bromas pesadas a costa de mi sordera. Era el caso del cambio de clase, cuando sonaba el timbre y todos desaparecían como por ensalmo sin avisarme. Yo permanecía

en mi sitio, hasta que algún celador o profesor me advertía de que podía irme.

 

Allí conocí a mi primer amor. Absorta en mis recuerdos, no oí a mi padre, que debió hablarme, y al no obtener mi respuesta, me sacudió bruscamente.

 

¿Qué ocurre, hemos llegado ya? pregunté. --No, hemos parado en un pueblo para desayunar. ¿Quieres tomar algo¿? ¡Vaya si quería! Un café me vendría bien

y me despejaría un poco. Mi padre me condujo hasta la barra de un bar y pidió 3 cortados.

 

¿Cómo sería aquél lugar? ¿Habría mucha gente? Pasado un rato, Tere, Herminia y Pili, las amigas con quienes salgo por el pueblo habitualmente, se me acercaron.

 

--Hola, Mari, ¿cómo lo pasas? --Creo que peor que vosotras por este maldito aislamiento. Pero en fin, ya estoy acostumbrada.

 

--Nosotras vinimos cantando todo el camino, me decían a gritos- ahora nos acompañas y cantamos todas.

 

--NO, no. Ya sabéis que al no oír bien desentono, prefiero no estropear el canto.

 

Pero, decidme, por favor, cómo es este local: decorado, gente... --¡Pero, Mari, por Dios!, ¿cómo te lo vamos a describir en presencia de los camareros y

a gritos? Exclamó Pili.

 

Su comentario me supo más amargo que el café. ¿Pero era algún crimen el que una persona que no ve ni oye supiera dónde estaba y qué había allí? ¿No lo estaban

mirando y oyendo ellas? Una vez más, me quedé sin acceso a la información.

 

De nuevo en el autocar, me envolvió la soledad, y mis pensamientos volaron otra vez a mis tiempos de colegiala.

 

Manolo, el gran amor de mi vida. Era alto, fuerte, simpático... Conservaba bastante resto visual, y su oído era perfecto. Era el cuarto de 7 hermanos, por

lo que la familia no gozaba de buena situación económica, y Manolo tuvo que abandonar el colegio un año antes que yo para ponerse a trabajar.

 

No parecía importarle mi sordoceguera; me llamaba por teléfono, me escribía largas cartas, llenas de promesas y planes para el futuro. Pero un día, todos

esos proyectos se vinieron abajo. Sin más explicaciones, le oí decir a través del teléfono: --Tenemos que terminar. Vivimos en distintos lugares, no nos

vemos como yo quisiera, y así no se puede mantener una relación.

 

Traté de convencerle de que esperase a que yo dejara el colegio, de que todo se arreglaría pronto... Fue inútil, él siguió negándose. Pensé que aquello

era el fin del mundo.

 

No podía dar crédito a lo que acababa de ocurrir. ¿Se habría enamorado de otra chica? ¿o era que, a medida que pasaba el tiempo se iba dando cuenta de los

problemas que ocasionaba la sordoceguera, y no se veía capaz de afrontarlos? Nunca lo supe.

 

Decidí no volver a enamorarme jamás; no valía la pena, todos los hombres eran iguales.

 

Por fin llegamos a las famosas CUEVAS DEL ÁGUILA. Junto al nuestro, varios grupos de excursionistas aguardaban su turno para pasar. Tere explicó al guarda

jurado que yo era sordociega, y pidió permiso para que me dejaran tocar las figuras que formaban las rocas, alegando que de lo contrario, el viaje para

mí carecería de sentido. No hubo impedimentos.

 

Unas estrechas escaleras conducían a las profundidades de las grutas. A ambos lados, de las escaleras, gruesas maromas servían a la vez de pasamanos y de

cerco para impedir que los turistas palpasen las figuras. Herminia me dijo que a lo largo y ancho de la gruta habían colocado unas bombillas que las iluminaban

por completo.

 

--El contraste de la temperatura entre el exterior y el interior de la cueva se hizo notar enseguida, dentro hacía mucho frío y se respiraba un acre olor

a humedad.

 

Al cabo de unos instantes, la guía turística se nos acercó, y mis dos amigas le rogaron que se colocara a mi lado para que yo pudiera oírla. Era joven,

y lo primero que le dije fue que tuviera la bondad de hablar un poco alto y de no moverse de mi lado para captar mejor la información. Ella, amabilísima,

aceptó y comenzó a explicarnos la situación de las grutas y su descubrimiento, que, según pude entender,

 

Todo sucedió un día de Nochebuena, ese 24 de diciembre de 1963 por la tarde y como tantas otras veces, un grupo de cinco chavales (hijos de trabajadores

del lugar, cuando caminaban por el llamado Cerro de romperopas (lugar donde se encuentran las cuevas del águila) observaron como por un orificio, en mitad

del cerro, se desprendía una especie de humo o vaho. Lo que realmente estaba pasando, era que por ese "agujero", salí un chorro de vapor de agua, ocasionado

probablemente por la diferencia de temperatura de la gruta (20 grados) y la temperatura exterior.

 

Ante tal hallazgo, los chicos no se quedaron quietos. Ayudándose de u unas rudimentarias cuerdas y alguna pequeña linterna, se adentraron por esa especie

de gatera de no más de 60 centímetros de ancho. Se arrasaron durante un buen rato, recorriendo siempre tumbados unos 50 o 60 metros, hasta por fin llegar

a una gran sala. Acababan de descubrir las Cuevas del Águila. Lo que sucedió a continuación fue que estuvieron perdidos 5 horas, hasta que pudieron encontrar

de nuevo la salida. Luego vino todo lo demás: dar noticia del acontecimiento a las autoridades, a los dueños de la finca, expertos. Tras varios meses de

duro trabajo de acondicionamiento, el 18 de julio de 1964 se abrieron para el público.

 

Desde entonces abren todos los días del año.

 

Acabada la explicación de la guía turística, todos se pusieron a recorrer las grutas.

 

Yo los acompañaba pero sin poder oír nada de lo que hablaban, aunque me iban haciendo palpar algunas figuras. Aquello era fantástico. Yo no podía imaginar

cómo el agua y sólo el agua había modelado las rocas y formado aquellas figuras tan impresionantes. Finalizado el recorrido dimos las gracias a la amable

señorita que nos atendió y salimos de allí. En la calle hacía un sol cegador y el aire era mucho más seco.

 

Sirvieron la comida en uno de los numerosos restaurantes de alrededor. Por la distancia que recorrí desde la entrada hasta mi mesa, noté que el salón era

amplio. El mobiliario era todo de madera de nogal, según me dijo papá, que es bastante entendido en esta materia.

 

Pedí a mamá que me escribiera los nombres de los comensales que nos acompañaban en la mesa, y supe que entre ellos se encontraba nuestra guía turística,

a la que habíamos invitado a comer con nosotros. Las dos permanecíamos en silencio: yo, por no poder captar las conversaciones, y ella porque debía de

ser muy tímida o de pocas palabras. A los postres, mamá me dijo que la guía quería conocerme. Me azoré.

 

¿Cómo nos íbamos a entender, con el ruido que había allí? Rápidamente busqué en mi bolso una tablita de plástico que contiene el alfabeto en relieve.

 

Por éste sistema, podría comunicarme con cualquiera que sepa leer y escribir.

 

Mi interlocutor sólo tiene que coger mi dedo índice y llevarlo a cada una de las letras que componen su mensaje. Resulta muy lento pero en situaciones de

emergencia, como la que nos ocupaba, es un medio más de comunicación.

 

¡Maldita memoria, se me había olvidado la tablita! --Hola, soy Esther, la guía que os ha atendido en las grutas. -ijo ella alzando la voz- ¿Cómo te llamas

tú? --María Jesús, Mari para los amigos. Por favor, ten paciencia conmigo, soy sordociega.

 

--Lo sé, no te apures, si no me oyes nos salimos afuera. Me ha llamado la atención desde el primer momento la forma en que te comunicas con tu madre. ¿Es

difícil el sistema?, Me gustaría aprenderlo.

 

¡Qué simpática es, sin apenas conocerme y ya quiere aprender a hablar conmigo, no es nada normal esta situación! --El dactilológico es muy fácil de aprender,

le dije, si quieres ahora mismo te lo enseño.

 

Poco a poco, fui explicándole las distintas posiciones de los dedos para formar cada letra, y con una paciencia admirable y una tremenda ilusión, fue repitiéndolas

una y otra vez. Al cabo de media hora, ya me escribía algunas frases en la mano.

 

Supe, así, que era la mayor de 3 hermanas, y desde muy niña sintió verdadero cariño por los minusválido o menos favorecidos de la Sociedad.

 

Nos encontrábamos las dos tan a gusto charlando, que no nos dimos cuenta de lo rápidas que pasaban las horas, hasta que unas estridentes campanadas, provenientes

de un reloj, situado en alguna parte del salón, anunciaban las 5 de la tarde.

 

¡Ya se había acabado todo!, ¡ya no volvería a repetirse aquella amena conversación entre Esther y yo! Ahora, cada cual volvería a su casa y no nos veríamos

más. Ella debió leer mis pensamientos, y se apresuró a decirme: --Mari: te prometo que como éste día habrá otros muchos, y entonces estaré en condiciones

de poderte transmitir toda la información de que hoy te has privado.

 

Llegado el momento de la despedida, ninguna de las dos quisimos alargarla. Noté que ella también estaba triste. Nos abrazamos y cambiamos nuestras direcciones.

 

Nos separamos con lágrimas en los ojos.

 

Durante el viaje de regreso, una maraña de dudas surgieron en mi cabeza. No quería ilusionarme pensando que había encontrado una amiga que me sacaría de

mi aislamiento como una mano milagrosa. Pero tampoco tenía derecho a desconfiar de Esther, después de lo bien que se había portado conmigo. Al fin y al

cabo, ¿porqué no podía yo tener en ella a una buena amiga, aunque no fuese minusválida? Transcurrieron dos años sin que volviera a saber nada de aquella

chica que tanto me había ayudado en mi excursión a Ávila. No me la podía quitar de la mente, ¿qué habría sido de ella? ¿Seguiría acordándose ella de mí?

Una hermosa mañana de Junio, sonó el teléfono. Lo cogí como de costumbre: --Hola, Mari, soy Esther Mármol, la guía que hace dos años os atendió en Ávila.

 

¿Había oído bien? Por si no era así, pregunté: --¿Cómo dice? --Sí, soy Esther. Prepárate para mañana a las 9, iré a buscarte para hacer un viaje juntas.

 

El corazón me dio tan fuertes latigazos, que creí ser víctima de un infarto.

 

No sabía qué decirle, después de tanto tiempo sin comunicarnos. Es que, no sé -musité- no me lo esperaba y... --Anda, por favor, dime que sí: lo pasaremos

bien. ¿No me contestas? --Está bien, iré.

 

Pasé la tarde excitada, pensando en cómo sería mi encuentro con Esther, en lo que me diría... Me acosté pronto pero no conseguí conciliar el sueño ni un

minuto.

 

A las 8 de la mañana, me levanté. Me asomé a la ventana, y el calor del sol en mi frente me indicó que el cielo estaba limpio de nubes. Intuí que haría

mucho calor y decidí ponerme un sencillo vestido verde, junto con un bolso a juego. A las 9, llegó Esther. Nos abrazamos, y, suavemente, me condujo hasta

su coche, el cual dijo que era un Hyundai azul oscuro, era pequeño y muy confortable.

 

En un dactilológico perfecto, que me dejó atónita, me escribió rápidamente: --No te digo dónde vamos, tendrás que averiguarlo tú misma.

 

--¿Cómo Voy yo a saberlo? No soy adivina. Sonrió. Dijimos adiós a mis padres, y partimos hacia el incógnito destino.

 

Ella me iba hablando en voz alta mientras conducía. Pero eludía tocar el tema de nuestro viaje. Pasadas unas dos horas, me empecé a inquietar. No sabía

dónde iba, no quería hacerle notar mi desconfianza, pero a la vez empecé a preguntarme por qué me habría dejado llevar por los deseos de una persona con

quien sólo había estado una vez y de la que apenas sabía nada. Ella debió de ver mi cara angustiada, y tratando de tranquilizarme me dijo: --Mari: yo te

quiero dar una sorpresa grata para ti, pero si no te sientes cómoda, te descubro el secreto de esta aventura. ¿No confías en mí? Me dolió su pregunta y

preferí asegurarle que sí confiaba en ella, pero que el viaje se me hacía ya largo por la intriga.

 

No dejé que me descubriera su bien guardado secreto, hasta que al cabo de 3 horas, ella aparcó el coche y me indicó que podía bajar.

 

Me ofreció su brazo y caminamos un corto trecho. Por fin, puso mi mano izquierda en unas maromas, que reconocí inmediatamente.

 

--¡Las grutas del Águila! exclamé emocionada.

 

--Exacto. Sólo que ahora podrás recorrerlas con todo detalle a través de mis ojos y mis oídos. Aquí tienes mi carné de guía- intérprete.

 

He adquirido la suficiente formación como para que no se te escape un solo matiz.

 

Y sacó un documento de su bolso que depositó en mi mano, a la vez que, emocionada, me decía: --Desde el momento en que te ví, descubrí cuál era mi verdadera

vocación.

 

Las personas que ven y oyen no me necesitan, tienen muchos medios para obtener información por ellos mismos. Las personas sordociegas sí me necesitáis.

 

Unas lágrimas furtivas se escaparon de mis ojos muertos. Era tal la emoción y gratitud que sentía hacia Esther, que sólo pude decirle: --¡qué magnífica

sorpresa, Gracias por esta gran generosidad! Volvimos a entrar en las grutas. ¡Qué diferencia del otro viaje! Allí nada había cambiado ni de sitio ni de

forma, pero en mi interior sí había cambiado el concepto de las cosas. Esther me empezó a explicar la situación de las grutas y cómo se habían formado

las figuras.

 

--en la Sierra de Gredos y prácticamente en la rivera del río Tietar. En pequeños retazos orientados en dirección noroeste-suroeste a 400 o 500 metros a

nivel del mar.

 

El terreno, el tiempo y la abundancia de agua, han modelado el paisaje y socavado las entrañas de la tierra. El agua, en dos etapas, destructora y constructora,

primero disolvió la roca soluble ensanchando las fracturas y formando huecos, después y con la ayuda de otros factores ambientales precipitó el carbonato

cálcico creando las diversas formaciones calcáreas y espeleotemas.

 

Existen estalactitas tubulares y cortinas (colgantes), estalagmitas y concreciones de salpicadura (casos en que el agua llega al suelo), por circulación

de agua, están las coladas, gours y microgours. Excéntricas por presión hidrostática, porosidad, capilaridad, interviniendo también las corrientes de aire

(antoditas y helictitas). Final mente por depósitos subacuáticos están las pisolitas o perlas.

 

Cabe destacar la diversidad de colores: siendo predominante el blanco por el carbonato cálcico en estado puro) aunque a veces esté contaminado por la presencia

de otras sales, rastros de minerales e incluso la presencia de sustancias orgánicas, pueden dar lugar a concreciones y tonalidades increíbles. El hierro

las tiñe de amarillo, naranja, rojo y marrón. El manganeso de gris, gris azulado o negro. Y la arcilla y el barro dan pie a coloraciones rojizas.

 

La cavidad de ha desarrollado sobre calizas paleozoicas del cámbrico inferior hace unos 540 millones de años. Desde la boca de entrada de la gruta descenderemos

unos 20 metros de desnivel, hasta llegar a una gran sala (cavidad cárstica). Ésta tiene una superficie de unos 10000 metros cuadrados. La temperatura es

de 20 grados. Y la humedad es alta, cercana a la saturación.

 

Yo la seguía atónita, unas veces por medio del oído, y otras por medio del dactilológico.

 

Me tenía verdaderamente admirada la forma tan exquisita, tan detallada que empleaba en su descripción.

 

--Ahora te voy a explicar lo que en mi imaginación representan estas figuras, algunas de ellas las tocarás tú misma.

 

Mira, La Virgen del Pilar: sobre unas rocas y sobre un "altar" también de roca se adivina una forma humana adulta de pie y junto a lo que sería su cabeza,

un poco más abajo se aprecia otra cabeza más pequeña (como la del Niño cogido en brazos). La silueta de los cuerpos no está definida, por lo que da pie

a imaginar las vestiduras.

 

Aquí hay una Cabeza de toro: desde el techo, se ven dos estalactitas más grandes que las demás, sin pico y muy juntas, una parece la mandíbula inferior

del toro y la otra el resto de la cabeza, pero no tiene cuernos porque solo sale del techo hasta la altura de los ojos (más o menos).

 

Derroche formativo: son un montón de estalactitas de color blanco, gris y anaranjado, muy juntas, son delgadas y no muy largas (no te sé decir cuánto porque

no se distinguen las medidas). A mí me parece ropa chorreando como si la sacaras de un barreño sin escurrirla.

 

La Liebre: no hay mucho que decir sobre ésta, porque es una liebre como las que venden en el mercado, cogida de las patas de atrás y colgada con la diferencia

de que aquí está colgada del techo de la nueva.

 

El Número 13: no sé dónde está el 13, yo lo único que encuentro es un montón de estalactitas de diferentes medidas, algunas cortitas y otras que casi están

unidas con las estalagmitas. En colores amarillentos.

 

El Águila: pues efectivamente es un águila con las alas abiertas completamente, parece que fuera a aterrizar o a cazar, porque lleva la parte de las patas

como preparadas para parar o algo así.

 

La Tortuga: sobre un grupo de estalagmitas se adivina una forma que parece una tortuga grande, de esas de tierra que viven tantos años con la cabeza sacada

del caparazón, estirada y mirando quién sabe qué.

 

- El Coral: no sé si conocerás el coral en su estado natural (no vale en collares o pulseras), hay muchos tipos pero el que se parece a esto es algo así

como un cactus rodeado con muchas púas pero que no hinchan, más gordas (como un fideo) y rígidas, muy frágiles.

 

Pierna de Bailarina: es una estalagmita y como el nombre bien lo dice es una pierna esbelta que con el pie apunta hacia el techo, se aprecia la redondez

de la cadera al muslo, todo el muslo, la rodilla, el tobillo (un poco ancho, la verdad) y termina en un pequeño pico que parece el pie pequeño).

 

Y con esto, hemos terminado, ¿te ha gustado?

 

--¡Has sido una magnífica profesional, ¿qué puedo decirte? NO hay suficientes palabras en un diccionario para agradecerte este inolvidable detalle.

 

Un nudo se formaba en mi garganta, que me impedía seguir hablando. Sólo pude musitarle: --¡Gracias, gracias por este día tan maravilloso que me has hecho

pasar!

 

Mientras caminábamos hacia la salida, Esther me estrechaba mi mano, y me decía, también con la emoción reflejada en sus palabras:

 

--Hoy es el primero de muchos días, que los vivirás intensamente; yo estaré junto a ti dándote el apoyo y la seguridad que necesites.

 

Fin

 

 

 

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